¡Se nos cuentan tantos cuentos!...que uno no da abasto para hacer tantos actos de fe. Se nos cuenta que el efecto globalización procede de las TIC (¡Que gran ahorro de masa encefálica estas siglas omnipresentes en todo gestionador que pretenda gestionarnos todo lo gestionable y a nosotros mismos!).
Se ignora que ya el veneciano Marco Polo (a caballo entre los siglos XIII y XIV) nos contaba cómo vivian los chinos, mongoles y otros pueblos del Lejano Oriente. Se ignora también como su casi compatriota, el genovés Cristoforo Colombo pretendió llegar al mismo sitio, pero navegando en sentido contrario y proporcionando así unas tierras e islas infinitamente más grandes que la península a los reyes de España. Y se ignora finalmente cómo estos gobernaron todos esos territorios sin la mínima ayuda de un fax.
El cuento de hoy, el del día del trabajo, nos cuenta cómo algunos trabajadores, no sólo peleaban por unas condiciones de trabajo mejores sino que además tenían más sentido globalizador que sus patronos. La segunda Internacional, en 1889, proclamó este día el "Día Internacional de los Trabajadores" para recordar a los trabajadores de Chicago que tres años antes (1886) fueron unos tiroteados en unos disturbios y otros en juiciados y condenados, tres a cadena perpetua y cinco a ser ahorcados. Desde entonces la reivindicación de la Jornada de ocho horas (siguiendo una proposición de uso del tiempo por los indivduos claramente utópica: "8 horas para el trabajo, 8 horas para el sueño y 8 horas para la casa") ha sido la punta de lanza de las reivindicaciones obreras. Y en muchos sectores y países se han conseguido.
Este es un ejemplo de globalización desde abajo sucedido hace 120 años.