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Discurso de Teresa Moure para la USC en el acto conmemorativo del Día de la Mujer Trabajadora

Jueves, 03 de junio de 2010

Buenas tardes:

En los cien últimos años las mujeres nos incorporamos a la Universidad de Santiago de Compostela. Igualmente en los cien últimos años las mujeres nos incorporamos a pilotar aviones, a la escultura vanguardista, a la gestión informática y a los grupos de rock. La diferencia está en que estas actividades nacieron a lo largo del siglo; son actividades de la modernidad (o de la postmodernidad, si quisiéramos), mientras que la docencia y la investigación universitarias ya se venían practicando por lo menos desde la Edad Media sin que nosotros pudiéramos participar en ellas. En los cien últimos años, las mujeres gallegas las invisibles de un pueblo de invisibles, periferia pura tuvimos la oportunidad de acceder al conocimiento, de formarnos y de formar. Desmentimos así, más una vez, los reaccionarios que aseguraban que teníamos demasiada emotividad y poco sentido para ocuparnos de algo distinto a un destino biológico que habían trazado, idéntico, para todos nosotros. Y vamos demostrando que, una mayor formación nos regala, a nosotros como a todos los seres humanos, autonomía, capacidad de elección y libertad. Si miráramos para atrás, eis las universitarias gallegas: María Barbeito, pedagoga, Antonia Ferrín, astrónoma, Ángeles Alvariño de Leira, oceanógrafo, Elena Arregui, arquitecta.

A comienzos del siglo XXI los medios de comunicación y la opinión pública se empeñan en señalar que en el día de hoy la ciencia, la investigación y la docencia ya no tienen género. El género, esa diferencia, quedó como una anécdota colgada en la biografía de María Tarsy Carballas, bioquímica, de Antía Cal, pedagoga, de María Brey, bibliógrafa y documentalista, además de acendrada por el su compromiso político, de Elvira Bao, maestra e integrante de las Hermandades del habla. Las mujeres de otras épocas no entraban en el paraninfo, o de entrar sería para acompañar a los hombres, para aplaudirlos, para celebrarlos, mas sabían que nadie apoyaba para ellas un destino semejante. Tal vez ni siquiera ellas mismas lo soñaran. Luisa Cuesta, jurista, Elisa y Ximena Fernández de la Vega, investigadoras médicas, Dolores Fernández, química. La altura del 2010 la Oficina de Igualdad de la universidad compostelana organiza este acto con motivo del 8 de marzo, el día de las mujeres, que no deberíamos llamar nunca el "día de la mujer trabajadora" porque, de una banda, el singular de mujer nos tipifica tratándonos como si siempre me los fuera una y la misma y, de otra, mujeres trabajadoras somos todas, que la condición femenina en la historia no dio para mucho descanso. La Oficina de Igualdad, que vela por visibilizar la tarea de las mujeres en la Universidad y en la sociedad, nos convida a reunirnos, lo que siempre es de agradecer en este individualismo social, y a conmemorarlas a ellas, las pioneras: Pilar Lago Couceiro, filóloga, Pura Lorenzana, historiador, Xosefina Martínez Barbeito, archivera, Cruz Mato, farmacéutica. Y, según corresponde a este día de fiesta, nos felicitamos por superar las limitaciones de outrora, por abandonar el gueto en que vivieron las que nos precedieron. Porén, las celebraciones corren siempre el riesgo de convertirse en un rito; acabamos reuniéndonos sin saber que nos convoca, mirando superficialmente alrededor y consintiendo, con nuestra asistencia rutinaria, a que todo se institucionalice, como hacen las autoridades cuando nos abandonan después de hacer la foto.

Cuando la compañera Trinidad De Miguel amablemente me convidó a participar en este acto, le sugerí la posibilidad de hacer autocrítica: además de mirar al pasado, de recordar las figuras que rompieron moldes para que nosotros habitáramos un mundo más justo, deberíamos matinar en la dirección que le queremos dar a la cuestión del género.

Muchas veces, las docentes de esta casa, cuando llevamos a las aulas cuestiones históricas, artísticas o científicas relativas al género, advertimos que el sector estudiantil -ese sector de la sociedad al que, por juventud, corresponde ser lo más beligerante y activo- no considera tal cuestión como una reivindicación justa o, cuando menos, no la sitúan a la par de otras reivindicaciones justas, como la denuncia del racismo, de la xenofobia, o de la explotación de la naturaleza, por ejemplo. Con cierto frecuencia, contemplan el debate de género como una obsesión de clase, como si un sector particular de la sociedad, el de las mujeres, quisiera obtener mayores cotas de poder esgrimiendo un memorial de agravios históricos que ya están todos reparados. Aida Méndez Miaja, química, Remedios Moralejo, archivera, Isolina Muíños, pedagoga, Anxela Pardo, ginecóloga, Milagros Rey Hombre, arquitecta, Mercedes Teja, pedagoga. Para ellas se franquearon estas puertas y abofé que tuvo que ser emocionante vivir en el momento donde las puertas se abren. Insultadas por poco femeninas, consideradas fuera del canon de su sexo, luchadoras, estas mujeres brindaron nuevas oportunidades a las que llegamos después. A veces tuvieron que disfrazarse con ropa de hombre para entrar a escondidas en el aula, como hizo Concepción Arenal. Todas se empeñaron en penetrar en un sistema férreamente cerrado. La vasca María Goyri a los dieciséis años comenzó a estudiar en la Facultad de Filosofía y letras de Madrid, como te ouvin porque no tenía posibilidad de matricularse y en el curso 1891-92 pidió autorización al Ministerio de Fomento para abrir una matrícula. Le concedieron el honor mas con la condición, que hoy nos resulta tan risible, de evitar provocar a sus compañeros no permaneciendo en los pasillos, entrando en el aula junto con el profesor y sentando en una silla alejada de los demás. Con tanta vigilancia, pudo convertirse en la primera mujer licenciada en su especialidad y en la primera doctora de una universidad del estado español. Corría el año 1909.

Cuando, en los años setenta, comienza a elaborarse el discurso feminista del que bebemos, las mujeres quisieron, en primer lugar, entrar a participar en una sociedad compuesta casi exclusivamente por varones. El intento era justo y venía a cuestionar una exclusión histórica. Pasadas ya unas décadas, corresponde analizar si las mujeres se integraron en la cultura, en las instituciones, en la sociedad patriarcal o si nos estamos diluyendo en ellas. Cada vez que se hace una conmemoración de género, se manejan cifras. En torno al 40% del personal docente e investigador de esta Universidad somos mujeres, prácticamente la mitad. Mientras sólo el 12% llegan a los escalones superiores de la jerarquía. De forma probable todas las personas con aliento ético, y no sólo aquellas con cuerpo de mujer, sentirán que estas cifras revelan una desigualdad; tal vez incluso una injusticia. Acaso las mujeres no dan conseguido singularizarse y destacar. Hoy nadie relaciona esta ausencia con la mediocridad, sino, más bien, con una dedicación menos intensiva, en beneficio de los cuidados: según las estadísticas, las mujeres en toda la sociedad dedicamos más tiempo a los cometidos domésticos, a los asuntos privados, a atender crianzas, mayores, enfermos.

A partir de este análisis, las opciones ya no coinciden. Muchas mujeres toman, por ejemplo, la decisión de aligerar su vida de algo que, muy elocuentemente, se llama cargas, como se fueran pesos insoportables que impiden volar. Al sistema en este caso a la universidad complácelo esta decisión personal: con más mujeres siempre disponibles, en cualquier horario, en cualquier fecha, menos saturadas, el engranaje funciona mejor. A la sazón, con mucha frecuencia la política universitaria prima por ejemplo la feminización de los departamentos o de los proyectos de investigación con la excelente intención de practicar una medida de discriminación positiva. Porén tal medida es dudosa porque la selección ya se practicó antes: como tendencia general, y sabiendo que hay excepciones, producen más aquellas que disponen de tiempo para hacerlo y acabamos castigando indirectamente la entrega a otros objetivos

Por supuesto, todas las medidas que podamos adoptar para evitar la marginación de las mujeres son necesarias. Mas lo que quiero apuntar es una duda razonable: ¿Estamos la feminizar los valores de la universidad o del conjunto de la sociedad? Históricamente estamos acabadas de llegar. Venimos de las márgenes. En un momento en que en la sociedad se habla mucho de multiculturalismo y de mestizaje, en la época en que como nunca las minorías de cualquier tipo se dejan sentir en el entramado social, las mujeres podemos reconocerse como parte de una minoría histórica. Comparémonos con los emigrantes. Una minoría étnica llegada del otro lado del globo no se integra en nuestra sociedad sólo por trabajar en ella. La verdadera integración exige que ese grupo llegado de fuera intercambie algo valores, costumbres, creencias con el grupo mayoritario entre el cual si asienta. Pues bien, las mujeres de la universidad, al incorporarnos a una institución antigua y anquilosada como esta, deberíamos derribar su rigidez. Aun no lo hicimos. Es humano que el primer deseo sea el de conseguir tantas catedráticas como catedráticos, tantas jefas de departamento como jefes de departamento, tantas decanas como decanos, tantas vicerrectoras como vicerrectores. No diré más que, estando en período pre-electoral como estamos, mentar el cargo de rectora sería tanto cómo hacer campaña a favor de alguna compañera y no es esa mi intención.

Es humano, o sea, explicable, nuestro interés por figurar, por no pasar inadvertidas, por dejarnos ver. Porén, el interesante, el realmente revolucionario, el que produciría un paso adelante en la transformación social, en la búsqueda de una orden de cosas justa sería que la incorporación de las mujeres acribillara un poco los valores patriarcales o reaccionarios filtrados en la universidad. Como somos hijas de las que no fueron nadie, estamos en disposición idónea para criticar, por ejemplo, la extrema jerarquía de la carrera docente y que dé valor al viejo lema sindical de "la igual trabajo, igual salario." Estamos en disposición de cuestionar, por ejemplo, un sistema de valores que perjudica especialmente a las mujeres. Veamos, una maternidad tempranera nos perjudica a las mujeres investigadoras a la hora de conseguir una bolsa o un contrato si usarse como referencia el año de la licenciatura, según viene siendo costumbre en los últimos tiempos. Igualmente, una carrera investigadora basada en el modelo de sexenios no resulta acaída para las personas que dan cuidados, entendiendo que el caso no se restringe a la maternidad, porque muy bien podemos elegir no ser madres mas la necesidad de cuidar seres queridos en algún momento de la vida tiende a ser universal. Pues bien, es cierto que, a la hora de solicitar un sexenio, seleccionamos los años de producción científica que queremos reseñar y no seis años lineales. Mas todos los investigadores están lógicamente compelidos a reseñar el año en que tienen lo que consideran un gran mérito (por ejemplo, un libro u otra aportación de investigación importante). Y cuando hay unos hijos pequeños que atender cada noche, o una madre en sus últimos meses en el hospital, ese libro, fruto siempre de varios años de trabajo precedente, bien puede ser el único mérito del año. Cualquiera sabe que ese mérito no es poco. Simplemente, en otros currículos ese libro va adornado con la organización de tal simposio, o la participación en tal jornada o curso de verano; y para quien cuida dependientes el libro solo podría ir aderezado de cuantos cuentos contamos por la noche o cuantas veces estuvimos ahí, dispuestas a acompañar el hospital.

En este sentido, en la celebración del día de las mujeres, considero urgente insistir en que debemos educar y legislar para la conciliación. Tenemos que convencer nuestros compañeros para partillarmos trabajos privados y cuidados y, de esta manera, no tener que renegar nunca de cierto tareas que el capitalismo no considera mas que, de forma probable, no queremos dejar de hacer, de cierto trabajos que nos humanizan, porque dar cuidados es realizar un tipo de actividad en la que somos insustituibles, donde entregamos el mejor de nosotros; una tarea elevada que demuestra que no somos maquinillas ... y que las maquinillas aun no pueden hacer en nuestro lugar.

Como vimos de las márgenes, de esa periferia de los que no podían entrar, las mujeres guardamos algunos comportamientos que, tal vez, son los propios de un grupo dominado. En mi especialidad, la lingüística, se acepta sin controversia desde hace años que las técnicas de diálogo masculinas y femeninas no son las mismas, que las mujeres entienden los hombres mejor del que los hombres las entienden a ellas. Esto es lógico; volviendo a la comparación con los emigrantes, un extranjero entiende mejor a un nativo del que un nativo a un extranjero. Los grupos sociales no acceden por igual al poder ni ven sus intereses representados en la comunidad de una manera semejante: los que si encontrar en mejor situación no están acostumbrados a comprender otros, mientras que los que luchan por que se haga un sitio tienen que estar siempre despiertos y bullir. Aceptando esto, las mujeres estamos en disposición, por la socialización que traemos, de ser mejores negociadoras, de desarrollar técnicas de cooperación y de pacificación de conflictos. Estos valores de consenso deberían ser aprezados desde una institución como la universidad, destinada a construir el día de mañana de la sociedad.

A veces, la universidad, que es entusiasmo, que es curiosidad, que es ganas de saber, que es ganas de interesar a otros por los mismos estímulos intelectuales que nos seducen, a veces, digo, esa universidad que es la patria de la libertad y de la justicia, queda retratada en la sociedad como apenas un reducto de poder que reproduce la peor cara del modelo neoliberal: competitividad, ejercicio de mando y de liderato, individualismo y falta de autocrítica. Seguramente hay muchas soluciones imaginativas y liberadoras que están aguardando a que alguien dé con ellas. Eso es investigación y en esa búsqueda las mujeres del presente y del futuro tendrán mucho que decir. Mas si las soluciones ya están predeterminadas y pasan únicamente por cubrir los intereses privados de las empresas, por hacernos emprendedores activos y, para empoderarnos como corresponde, también emprendedoras activas, a la sazón el único que estaremos haciendo será incorporarnos en la cultura patriarcal. Sin integración, sin dejar la huella de nuestros valores, sin acercar lo que aprendemos en la experiencia de excluidas.

Quizás a algunas personas les baste con eso, con figurar en los grandes centros de decisión, y de forma probable piensan que ahí pueden imprimir cambios. El riesgo, en mi parecer, es enorme. Cuando miramos atrás, a ese listado de mujeres que se fueron incorporando a la universidad a lo largo del siglo XX, muchas veces las biografías coinciden. Las mujeres que primero emprendieron estudios superiores eran, con mucha frecuencia, hijas de la burguesía acomodada. En un perfil rápido, las primeras universitarias de la Galiza, igual que las primeras artistas de los talleres del Renacimiento, tenían un padre liberal, con frecuencia preparado, un hombre que apostó por tirar su hija de un destino marcado aun teniendo que invertir mucho en ella, que los estudios, ni en la universidad pública son completamente gratuitos. Esto supone que, para que se produzca efectivamente la incorporación de las mujeres tuvo primero que existir un discurso que legitimara esa incorporación. Aprovecho para decirlo aquí porque en las manifestaciones que a día de hoy se celebrarán en distintos puntos del país, seguro que una de las consignas más coreadas es aquella que dice "menos discursos y más recursos" y esa consigna está equivocada. Obviamente este grito de guerra solo previene contra las palabras vacías y falsas mas ni así debería rechazármelos los discursos. Porque antes que los cambios, están las palabras y para que exista la libertad y la justicia, primero hay que soñar con ellas y nombrarlas ...

Aceptando esa necesidad de crear un discurso sólido, no palabras vacuas, como paso previo a ensayar un cambio, no será difícil concluir que el riesgo que tenemos delante es el de sortear la crítica de género y pensar que todas las mujeres, por el hecho de serlo, ya feminizan un colectivo. Depende de cómo se produzca la integración porque unos pocos emigrantes armenios o croatas, por poner un caso, no armenizan ni croatizan la sociedad, si continuamos con el simil. Además de estar, que es una reivindicación justa, las mujeres en la universidad, como en los demás contornos de la vida social, debería repensármelos el mundo en femenino, eludiendo los valores negativos de la cultura patriarcal que, por supuesto, estarán infiltrados en las instituciones. Sólo después de ejercer esa crítica radical, sólo después de cuestionar las lógicas de dominio, las relaciones de poder, las jerarquías, los privilegios, estaremos en disposición de celebrar nuestra incorporación como mujeres también a esta, tan masculina, casa. Gracias.